Entre los Andes y la Media Luna: Centralismo despótico o autonomías departamentales (La Paz: Nueva Crónica y Buen Gobierno, N. 43, 2009)

Estamos conmemorando, divididos y como era de esperarse, e bicentenario de un Estado fallido, cuya estructura y gobierno general y único para toda la República y sus departamentos nos condujo, a partir del siglo XIX, a convivir inmersos en los sobresaltos del caos institucional y la inestabilidad política derivados de las luchas regionales, primero entre Norte y Sur (La Paz y Chuquisaca), por la coyuntura económica y geopolítica de la época y los intereses de la clase dominante; y hoy, entre Occidente y Oriente, la región andina y la llamada Media Luna Ampliada, oriental y sureña, por las mismas razones. Aunque éstas se encuentren hoy teñidas por un matiz de coloración artificial, como son las peligrosas diferencias étnicas, utilizadas por quienes proclaman el retorno a un pasado “justo” y glorioso que nos permitiría “vivir bien” si es que nos atenemos —sin considerar la diversidad histórica, geográfica, cultural y económica de nuestras regiones e individualidades—al concepto biosférico de la suma qamaña, como lo entienden los teóricos indianistas adheridos al proyecto de poder totalitario de Evo Morales. Una lectura atenta de nuyestra historia nacional revela que Bolivia no emerge de la Guerra de la Independencia ni de la Asamblea de 1825 que la fundó como República, porque su esencia como nación se forma, claramente, cuando se establece la Audiencia de Charcas en el siglo XVI, y su estructura política y administrativa se organiza, con mayor claridad e innegable coherencia, a partir de la instauración del régimen de Intendencias que facilitaron las Reformas Borbónicas, adoptadas en nuestras tierras a finales del siglo XVIII. De manera que Bolivia no es sólo más antigua de la que aprendimos en el colegio, sino que sus regiones se encontraron ya organizadas y delimitadas con características propias y sin conflicto entre ellas a partir del eficiente funcionamiento del sistema político-administrativo que rindió buenos réditos a la Real Hacienda metropolitana: las Intendencias de Charcas (o Alto Perú), antecesoras legítimas de los departamentos de la República de Bolivia.

A grandes males, grandes reformadores (La Paz-Miami: Plural Editores, 2008)

Desde un principio tuve el propósito de publlicar estos ensayos en Bolivia, mi país y recurrente obsesión a la hora de escribir, sean crónicas periodísticas, ficciones o ponencias académicas. Mi escritura no sólo nace del amor sino también del espanto (diría Borges) ante la complejidad de nuestro carácter nacional y los anacronismos proverbiales de nuestra accidentada historia y geografía. Su forma —que es la de un análisis de textos— responde al deseo de que estudiantes y estudiosos se acerquen a las fuentes bibliográficas y a los puntos de vista de los diversos autores y actores sociales a quienes dedico capítulos y cito, porque considero que son relevantes para efectuar el recorrido panorámico que sigue.

El orden no es cronológico, como no lo es el orden de la vida, de manera que los lectores pueden leer este libro como quieran: de atrás hacia adelante, del medio para atrás, o de principio a fin. Su propósito didáctico —y los cambios constantes, mes a mes, semana a semana, en el insólito acontecer político y social del país— descansan sobre ese principio […] Trato de no caer en lugares comunes o en términos pontificantes (que en ambos casos revelan un conocimiento superficial), sino de seguir una línea rigurosa pero ante todo honesta. En Bolivia existen intelectuales de mucho valor, columnistas, analistas políticos, constitucionalistas, pero no buenos políticos, porque esa profesión (que es de servicio público) fue suplantada desde hace mucho por actividades que poco tienen que ver con la solidaridad, la derrota de la pobreza, el respeto a la institucionalidad democrática y la administración eficiente del Estado. Comprobamos que nuestros presidentes fueron buenos para el jogging y el fulbito, el turismo, su seguridad financiera y la grandilocuencia electoral con la que engañaron a moros y cristianos. A quechuas, aymaras, guaraníes, ayoreos, mestizos y caucásicos, todos ellos y ante todo bolivianos, muchísimos pobres y desfavorecidos, contingentes de una clase media cada vez más debilitada y unos cuantos medianamente ricos, quienes —más allá de las diferencias culturales, étnicas y económicas manipuladas con cinismo por quienes pretenden convertirnos en enemigos— sólo desean mejorar sus condiciones de vida, acceder a un sistema estatal más inclusivo, descentralizado, que promueva la seguridad jurídica y el desarrollo económico, y, por último, vivir en paz, democracia y libertad.

Entrevista de Ángeles Mase a Gabriela Ovando

La Nación, Buenos Aires, julio de 2004
Los Tiempos, ¡Oh!, agosto de 2004

La primera novela de la periodista Gabriela Ovando, ahora también novelista, maneja cómodamente los saltos entre dos mundos paralelos: el del presente y el pasado colonial, y el de la Florida en la actualidad y el pasado boliviano. Con Al rumor de las cigüeñas, Ovando incursiona en la novela y logra la difícil tarea de conjugar dos mundos en una trama que toma por momentos forma kafkiana y nos invita a navegar plácidamentee por sus páginas, como si lo hiciésemos en una galera de antaño o en un velero de la actualidad. La autora trabajó en el diario boliviano Los Tiempos, es columnista de las páginas de opinión de El Nuevo Herald y, recientemente, ha concluido su doctorado en Estudios Comparativos (The Public Intellectuals Program) en la Florida Atlantic University.

Con la simpatía y entusiasmo que la caracterizan, Gabriela nos recibió en su casa de Ft. Lauderdale, en el estado de Florida, donde vive junto a su marido, Jorge Barrero, médico nefrólogo, y sus dos hijos, Jorge y Natalia. En este diálogo, habló francamente sobre su primera novela, la realidad de su país, su gente y sus proyectos a futuro.

AM: Esta es su primera novela, ¿qué fue lo que buscó con Al rumor de las cigüeñas?

GO: El principio fue como un rito de iniciación, completamente espontáneo y sin saber a dónde llegaría. A partir del segundo capítulo fueron las historias y los personajes los que me fueron guiando, día a día, en la escritura y lectura intermitente de textos indispensables — y que se me fueron presentando, como caídos del cielo — para seguir adelante con la novela.

Creo que Pirandello tiene toda la razón del mundo cuando dice que los autores simplemente cedemos el paso a personajes y hechos que nos anteceden, que han estado vagando desde mucho antes que nosotros, y que lo mejor que alcanzamos, cuando se trata de una “obra lograda”, es brindarles una habitación propia o un escenario en el que puedan vivir su propio drama. Y paradójicamente alcancen un plano superior al nuestro, en el que pueden vivir para siempre. En ese sentido, creo que fue el rumor de las cigüeñas (que son unas aves muy simbólicas, muy femeninas) el que me buscó y alcanzó a su debido tiempo, durante un viaje a España.

AM: ¿Por qué el tema de Bolivia? Su novela fue un tema pendiente o una especie de homenaje a su país? ¿Cuánto tiempo le llevó escribirla?

GO: Mi escritura, en todos los países en los que he vivido, nunca ha podido prescindir de Bolivia. Es y ha sido desde siempre un tema pendiente. Veo a mi país como una parte de esa patria única con la que todos contamos: la infancia, la formación de nuestro imaginario, del lenguaje que precede a todo. Bolivia ha sido el escenario en que se forjaron mis primeras impresiones, mis ideales, mis alegrías y también mis mayores frustraciones. Intuyo que seguirá ocupando una buena parte de mi trabajo, aunque irá cambiando de año en año, de década en década, como nos cambia el alma y el cuerpo, y nuestras circunstancias.

AM: La novela parece tener mucho de autobiográfico. Si es así, ¿qué aspectos reconoce de las protagonistas, Mariana e Inés, en su persona y en su realidad?

GO: Aunque Federico Andahazi proclama que mientras más maduros son los autores más logran esconderse detrás de sus fabulaciones, yo creo que toda escritura es de alguna forma autobiográfica, por más ajena, novelesca, o distante que parezca. De modo que no despertar la sospecha del consabido “ingrediente autobiográfico” es muy difícil. Como dice Tomás Eloy Martínez, lo importante es lo que en definitiva se hace con el lenguaje literario. Mariana es quien teje la novela y debe tener rasgos que se parezcan a los míos, aunque alguna gente piensa que mi alter ego es Inés.

AM: Al comienzo del libro cita a Zeldin, ¿cree que es indispensable saber de dónde venimos para saber hacia donde nos dirigimos? Si es así, ¿cómo le transmite su herencia boliviana a su familia?

GO: Absolutamente, pues la memoria es la mejor representación de lo que hemos sido —no sólo nosotros, sino nuestros antepasados— y de lo que podemos llegar a ser. La memoria posibilita la necesidad de conocernos y de conocer a los demás, y ojalá que mis compatriotas hagan uso de ella a la hora de votar y de enderezar nuestro destino individual y colectivo. Si de alguna manera pretendo transmitir mi herencia y raíces a mi familia es en este sentido.

AM: La novela tiene mucho de investigación e historia. ¿Cuánto de real y cuánto de novela tienen los personajes de la Colonia ?

GO: La investigación histórica ocupó más de un año de los casi dos que me tomó escribir la novela, y los siete o más meses que dediqué a las correcciones y a la edición final. Las vidas de los personajes coloniales están novelizadas, desde luego, aunque he tratado de que su contexto y esencia sean lo más fiel posible a su legado.

AM: El libro parece cerrar una etapa en la vida de los protagonistas pero al mismo tiempo deja abierta una puerta para los acontecimientos del futuro. ¿Es así como se siente hoy respecto de su país?

GO: Hay una frase en la novela que dice que las historias nunca terminan y que los textos sólo imponen las pausas. El o la narradora (ese personaje tan importante pero ignorado en las novelas) ha dejado abierta la posibilidad de que la historia continúe. Durante los años catastróficos en mi país — del 97 en adelante — no era posible sentir esperanza. Los bolivianos habíamos caído, una vez más, en la trampa de la desmemoria, la ignorancia y la demagogia. Habíamos interrumpido un proceso de reformas que pedía a gritos la continuidad, el trabajo en equipo, la responsabilidad y firmeza ante muchos problemas y ante el doble estándar de la política exterior de Estados Unidos. Hoy la situación de Bolivia es gravísima y el presidente Mesa, como historiador, periodista, está recurriendo a la memoria y tratando de hacer milagros para resucitar lo poco que nos queda de bolivianos. Porque estamos partidos, rotos, defraudados.

AM: Luego de Al rumor de las cigüeñas, ¿cuáles son sus planes para el futuro?

GO: Esta novela la terminé hace tres años y desde entonces he continuado escribiendo y estudiando. Ahora me da mucha ilusión participar en un proyecto de la Florida Atlantic University de fundar un taller de escritura creativa en español. Por lo demás, mis planes siguen siendo los mismos, agradecer a Dios todos los días, disfrutar de mi familia, de mis amigos, viajar — viajar lo más posible —, arreglar el jardín con mi marido los fines de semana, preparar una buena cena y gozar de buenas conversaciones.

Ángeles Mase es colaboradora de The Sun Sentinel/El Sentinel (Fort Lauderdale), La Nacion (BuenosAires), Los Tiempos (Bolivia) y otras publicaciones, y funcionaria de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Tiene una maestría en periodismo de .